Escondida bajo la cama, encontré una caja de madera desgastada llena de coloridas grullas de papel, cada una con una nota escrita a mano por mi hija.
Sus palabras revelaban una silenciosa soledad, amor por nuestra familia y esperanzas que nunca había compartido en voz alta. Debajo de las grullas había un diario lleno de bocetos que reflejaban tanto creatividad como aislamiento.
La última entrada decía: «Me sentía sola, pero también me sentía amada». Mi esposo y yo lloramos al descubrir las emociones que había guardado en silencio.

Decidimos mantener la caja cerca, honrando su memoria con comprensión, gratitud y el amor perdurable que dejó tras de sí.
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